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barbastroporlavida

Yo soy ...un ser humano. Mi comienzo embrionario.










 




 


María Nieves Álvarez Peláez, Médico
Proyecto, Mujer, Cultura
y Ecología
Asociación Nuevo Diálogo (ANDI), a favor de los Derechos
Humanos

 

 


























El no nacido como
paciente

José María
Pardo



Yo soy… es algo que
una madre percibe al saber que en su seno va creciendo un nuevo ser, que es su
hijo. Recibe esta llamada del que luego va a recibir un nombre que
–posiblemente– ya ha elegido: Juan, si es chico; María, si es niña.


Esta realidad es
percibida por quién se reconoce madre, es decir, portadora de una nueva vida.
Una vida que es un ser humano, su hijo, y que tiene también un padre. Una
realidad y una vida sobre la que hoy la genética y la embriología, con sus
avances en los últimos años, proporcionan datos desde su comienzo
embrionario.


En efecto, existe
hoy evidencia científica de que la vida humana empieza en el momento de la
fecundación, con la aparición del cigoto. El cigoto es el resultado de la unión
de dos células germinales o gametos. Tras atravesar el espermatozoide la
membrana del óvulo, se fusionan los pronúcleos y aparece una célula humana
totipotencial, que es el cigoto, primera célula embrionaria, que se desarrolla
hasta producir el llamado blastocisto, o embrión de pocos días.


El cigoto contiene
un ADN completo y una identidad genética propia, ya que en su código genético
-el genoma o conjunto de genes que llevan sus cromosomas, y que le es propio-
está contenida toda la información que necesita para que ese nuevo ser humano se
desarrolle de forma completa, hasta que adquiere su condición de recién nacido y
de ser adulto. El genoma determina su identidad, su patrimonio genético, y es la
base de su ser único e irrepetible, abierto al medio del que necesita para su
sustento. Estos genes proceden en un 50% del padre y en otro 50% de la madre. Se
entrecruzan y dan origen al nuevo ser con su cariotipo (juego completo de
cromosomas) propio y distinto de ambos progenitores. Desde el momento en que es
fecundado el óvulo, la nueva vida que se está desarrollando, ya no es ni la del
padre, ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano con su crecimiento y
desarrollo propio.


El embrión crece y
sus células se multiplican mediante el desarrollo biológico de una forma
continua y gradual. Aunque es dependiente de la madre, a la vez es autónomo. Van
apareciendo determinados elementos morfológicos, que van configurando su
fenotipo (figura visible). Todo el proceso está dentro de una unidad vital,
marcada por el programa genético que lo identifica como ser humano. Se trata de
su código genético, tan único y personal que lo hace distinto de cualquier otro
ser humano. Dicho de otro modo: el embrión va cambiando morfológicamente, pero
su identidad sustancial no cambia, sigue siendo el mismo ser humano, único e
irrepetible.


El genoma está en
todas y cada una de las células del embrión. Del genoma depende el crecimiento,
desarrollo y diferenciación funcional de sus células para formar tejidos,
órganos y sistemas. Todo ello surge del cigoto, primera célula totipotencial,
que lleva en sí misma las instrucciones para formar un ser humano completo. El
cigoto es ya una vida humana, constituida al principio por una sola célula que
posteriormente experimenta sucesivas divisiones, dando paso al blastocisto, la
mórula, la gástrula, etc.


Por tanto, no se
puede decir que estas organizaciones celulares constituyan un “conglomerado
celular”, ya que poseen unidad de organización y de vida. Tienen una misma y
única identidad. Su desarrollo corresponde al proceso de un ser vivo,
perteneciente a la especie humana, avalada por el cruce de los genes de sus
padres que le dan una perfecta y única identidad. Identidad que es numéricamente
distinta de la identidad paterno-materna (es otro ser vivo de la misma especie).
En este nuevo ser humano no se da una fase organizativa, embrionaria o fetal,
que no sea humana.


Además de los
mecanismos genéticos, hay una serie de mecanismos bioquímicos que regulan el
proceso de evolución del embrión. Sus células van perdiendo el carácter
totipotencial (capacidad para generar “todo” tipo de células), pero tienen la
capacidad de generar tipos celulares distintos. Este proceso no es arbitrario,
sino que está genéticamente regulado; y así aparecen las células musculares,
nerviosas, epiteliales, cada una de ellas con su funcionalidad
propia.


Esta capacidad de
diferenciación en células funcionales nos indica de nuevo que ya desde sus
etapas tempranas, el embrión es un ser vivo de naturaleza humana. Este ya es así
cuando se establece el diálogo bioquímico entre el embrión y la madre, que es un
mecanismo para controlar que el embrión se dirija y se ponga en contacto con la
mucosa uterina de la madre, dónde va a ocurrir la anidación. A partir de la
anidación, el mismo embrión obtiene de la madre su alimento, que hasta ese
momento le venía del citoplasma del óvulo.


A partir de la
anidación o implantación, en el útero materno se va a desarrollar la placenta
para el intercambio de oxigeno y nutrientes.


Estos son algunos
de los argumentos biológicos para poder afirmar que el ser resultante de la
unión del óvulo con el espermatozoide es un ser vivo y humano. Por ello, este
ser humano que se va desarrollando tiene la misma dignidad y merece igual
respeto que un ser humano adulto. Su ser humano no viene como resultado de ese
desarrollo, sino que es condición previa y necesaria para ese
desarrollo.


Por tanto, a la vez
que se da este desarrollo biológico, no podemos olvidar que nos encontramos ante
un sujeto, un tú, que nos habla desde el código genético, molecular, hormonal y
vital. Este ser vivo establece con su entorno el diálogo propio de la vida,
emitiendo señales inequívocas de que ahí se halla la vida organizándose, con un
desarrollo iniciado desde el primer momento (el cigoto), y hasta su muerte
natural.


Este sujeto
originario es un verdadero "yo soy..." que los investigadores en su observación
objetiva le llamaron embrión, feto, recién nacido; pero es esa identidad única
la que nos dice “yo soy embrión, yo soy feto, yo soy Juan o María”, y la que nos
revelará su fenotipo definitivo de niño y de adulto, su apariencia
externa.


Es importante que
la ley reconozca un verdadero sujeto de derechos vitales en este inicio de la
existencia, es decir, un estatuto biológico, antropológico y jurídico para este
sujeto que es ya un ser humano, una persona desde su origen, y cuya identidad se
mantiene en los diferentes estadios de su desarrollo, ya que este sujeto “yo
soy…” está en peligro por el aborto (IVE).


Con ello está en
juego la protección de la vida humana, de la única especie biológica dotada de
autoconciencia, de pensamiento, de reflexión y capaz de comportamiento ético.
Esta protección constituye el primero de los Derechos Humanos, y sin su
reconocimiento nos jugamos la base que asienta todos los demás
Derechos.

Extraido de www.fluvium.org

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